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San Gregorio Magno escribe, a finales del siglo VI, al obispo de Marsella, Sereno:
         “ ... Adorar una imágen es diferente de aprender lo que se debe adorar por medio de la pintura [...] La obra de arte tiene pleno derecho a existir, pues su fin no es ser adorada por los fieles, sino enseñar a los ignorantes”

Este dilema histórico continúa más vivo que nunca, ¿hasta qué punto se olvida o no se alcanza a entender lo que las imágenes representan y son estas las que pasan a un primer plano desplazando lo representado?.

Vagamos a la deriva en un mundo que nos es extraño y no comprendemos. En este contexto, las imágenes aparecen como un asidero, una conexión entre la fragilidad humana y la divinidad inasible. El amor, la devoción, lleva, paradójicamente, a una lenta destrucción de la imagen, terminan apareciendo unas heridas en el icono, que, a modo de nuevas llagas, se suman, en el caso de los Cristos católicos, a las ya sufidas por Jesús en su martirio. La relación espiritual se convierte en algo con un carácter marcadamente físico, carnal “tocar para creer”. El sometimiento y la entrega mezclados con las súplicas y ruegos, y por encima de todo ello, una profunda sensación de abandono.


CRISTOS (2002)
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